domingo

La ternura de los dinosaurios


"Pensaba en ti, Myr. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época
del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él,
arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento..."



Etiquetas:

miércoles

La realidad ... es otra

Este escrito si es sin ninguna autorización, los anteriores tu los viste antes de que los subiera y bueno, aunque no lo pareciera siempre lo hacíamos jugando.
Quería escribir algo muy extenso porque es mucho lo que tengo que decir pero escribiré lo básico:
*Es la última vez que pongo algo en tu blog y aunque me ruegues no lo vuelvo a hacer
*No se han dado cuenta que ya eres más mío que de ti mismo o de cualquier otra persona¿? Que eres MI novio, MI amigo y hasta MI hermano mayor, porque a diferencia de otras situaciones tu a mi si me elegiste
*Te quiero mucho, a mi manera y lo sabes
*Já y borré el otro post porque quise junto con el comentario que su tiempo le tomó escribir, porque puedo y lo hago
*Sigues siendo la valiosa persona que haz sido siempre, que tu tiempo no vaya al anterior destino al igual que todo tu cariño no cambia absolutamente nada de tu valor
*Y ya me aburrí, lo que tenga que decir te lo digo a ti, porque tu eres el que importa y el que está conmigo porque así lo quieres -y lo quiero- pese a quien le pese y perdón le duela a quien le duela.
Cada quien escoge su propio destino y sólo alguien egoísta intenta intervenir en un destino que no le corresponde.
¿En qué parte la sangre es un título de propiedad?

Posdata: A fin de cuentas la realidad es otra, tu estás conmigo y no con ella.
Y menos dramas por Dios!!!

Etiquetas:

martes

La "Histería Colectiva"

Ya lo sé, ya lo sé. Sé que está usted harto, sufrido lector, de la gripe porcina. Entendámonos, espero que no sea de la infección viral de lo que esté usted harto, sino de la otra infección, la del frenesí paroxístico que se ha apoderado de los gobiernos y los medios. La granizada se ha vuelto insoportable. Unos y otros no saben hablar de otra cosa. Ha desaparecido la crisis económica, han desaparecido los narcos y los terroristas. Es como si el mundo se hubiera detenido.

Toma uno un periódico o prende el radio o la tele, a cualquier hora, y sólo escucha una cosa: “Lávese las manos”. Uno, disciplinado, va y se las lava. Regresa y le vuelven a decir: “Lávese las manos”. Y usted vuelve a ir. Recuerde que el Isodine es un magnífico desinfectante para las llagas que se le van a formar en las palmas y en los nudillos. Usted, sin embargo, resista y no deje de lavárselas, a menos que decida apagar chunches electrónicos y renunciar a mirar la prensa. Lea Madame Bovary, que no le va a levantar los ánimos, pero que al menos no lo mandará a lavarse las manos.

Los periodistas, hipócritas ellos, están felices. Tienen noticia. Aunque sea sólo una. Y los gobiernos también. Por fin pueden demostrar que son eficientes y que están harto preocupados por el bienestar de sus pueblos. Imponen una auténtica “dictadura sanitaria”, como la llama, con toda precisión y agudeza, Ciro Gómez Leyva. Leyes de excepción, como el aislamiento forzado de los “sospechosos” o el derecho de entrar sin orden judicial en casas y haciendas, con el beneplácito sumiso de todos. Total, es en beneficio de todos.

En México en particular, el Estado deja automáticamente de ser fallido. Su denuedo en contra de la catástrofe inminente sale a la luz pública y, por primera vez en muchos años, los cien millones de enfermos potenciales escuchan lo que dicen sus gobernantes, quienes demuestran que saben cerrar escuelas y cines (lo primero cae bien; lo segundo, no tanto) y que también saben contar muertos y enfermos. En buena hora.

No obstante, y pidiéndole disculpas de antemano, creo que hay cosas que deben ser dichas y no lo han sido. O a lo mejor sí, pero es imposible seguir todo lo que se dice y escribe, estos días, sobre el asunto. Se repite hasta la saciedad, en estilos y voces distintos, la misma retahíla de informaciones, recomendaciones y lugares comunes.

Empecemos por decir que la situación es en verdad seria. Se trata de un bicho nuevo, si bicho fuera, del que se desconocen su morbilidad y posible evolución. Y eso asusta. No sólo a los mexicanos, sino al mundo entero. Toda la prensa del mundo, impresa y electrónica, tienen hoy como titular principal la “gripe mexicana”. El miedo cunde. Entre el bajo pueblo y entre especialistas. Ayer, lunes por la tarde, habían sido identificados potenciales infectados en 12 países. Todos viajeros procedentes de México o de California. Sólo uno de ellos, en Albacete, España, ha sido confirmado como víctima de la gripe porcina.

El horizonte está nublado. No se ve ni se sabe a dónde puede llevar todo esto. Éste es el primer punto importante para destacar, a pesar de discursos solemnes y declaraciones sensatas, hoy por hoy no hay quién sepa qué pedo.

Se trata, eso sí se sabe, de un virus del género A(H1 N1), del tipo del que produjo la dramáticamente célebre pandemia de la “gripe española” en los años 1918-19 y que causó la muerte de unos 80 millones de personas. La actual es una cepa nueva, al parece una recombinación de tres virus distintos, del mismo género: el de la gripe aviar, el de la porcina y el de la humana.

No puedo no decirle, llegados a este punto, que el concepto de “virus” es asaz confuso y hay numerosos científicos que niegan su existencia. Se trata de una “solución teórica” a fenómenos no comprendidos del todo. De existir, los virus serían unas mirruñitas infames, cadenas de aminoácidos, a escala molecular. No son observables en ningún microscopio, por sofisticado que sea. Se “detectan” a través de los antígenos que generan los organismos infectados. Ya se lo dije, vamos a ciegas. Y también se lo dije: eso da miedo.

Se ignora, por ejemplo, cuál es el periodo de incubación de la sabandija, es decir, el tiempo entre que ingresa al organismo y produce los primeros síntomas. Parece ser que va de uno a diez días. En ese lapso el inoculado no sabe que lo es. Se siente y parece una persona sana. Es un portador asintomático. Y esto, aunque no se dice, no sé si por ignorancia o por estrategia, es ineludible. El portador asintomático sí es contagioso. De manera que cuidarse únicamente de los mocosos es insuficiente.

E, ignorar por ignorar, también se desconoce su labilidad. Es decir, cuánto tiempo permanece activo fuera de los tejidos. Si es depositado sobre la manija de una puerta, cuántas horas o días podrá esperar “vivo” a que llegue el incauto que lo recoja y lo ingiera. Se habla de algunos segundos hasta cuatro o cinco días. Lo más seguro es que quién sabe.

Un punto no menos importante, que no ha sido aclarado ni por autoridades ni por especialistas ni por comentaristas es si puede ser transmitido únicamente a través de la saliva o de la mucosidad —versión hegemónica— o si también por medio del aire, es decir, de la respiración. En este caso los tapabocas le harían lo que el viento a Juárez. Deberíamos usar máscaras antigases. Y a ver si así.

Finalmente, es importante acercarnos a una explicación de por qué parecen ser más vulnerables los jóvenes, de 20 a 40 años, que los otros estratos de la población, contrariamente a lo que parecería lógico, y a las recomendaciones, reiteradas ad náuseam, de que era preciso cuidar en primer lugar a bebés y ancianos. La probable razón es que el virus se inserta en el sistema inmunológico, y son precisamente quienes lo poseen más vigoroso, los chavos, los más inermes.
En fin, pobrecitos, los expertos no saben más. Hacen y dicen lo que pueden. Eso deberían decir.
Me es imposible no dedicar un párrafo a la etimología, rama fundamental del saber incluso en estos asuntos médico-patológicos. Gripe e influenza son sinónimos. Del todo. “Gripe” viene del francés “grippe” y éste del suizo-alemán “grüpi”, “acurrucarse, tiritar, estar cajoneado”. Por su parte, “influenza” viene obviamente del italiano y ésta del latín “influens”. Por lo visto en aquellos tiempos consideraban que contagiar a alguien era “influir” sobre él. También, en otra versión, que los astros celestes eran los responsables, influían, en las grandes epidemias. De la misma raíz proceden “influjo” y el inglés “flu”, gripe. Decir “influenza” es una manera cursi y esnob de decir gripe. Da más caché.

Me tengo que callar. El espacio ya dio de sí. Queda mucho por decir. Sobre etimologías y otros menesteres. En particular acerca de la visión paranoica del caso. No por paranoica, menos razonable. Y sobre todo sobre el contagio del miedo. Espero que, la semana que viene, ya no tenga mucho caso hablar de todo ello.

Ya luego yo (tipo X) hablaré bien de la histeria colectiva, que no es solo cosa de llamar a las cosas como a uno se le hinchen las ganas.

Texto de Marcelino Perelló

Etiquetas: ,

viernes

Mi papaya



A Yuri la conocí cuando íbamos en segundo semestre y, durante muchos meses, en serio muchos, cambié su nombre por el de Vicky. Nunca entenderé el por qué de esta tonta confusión ya que no hay nada en ellas similar, por lo menos en sus físicos. En fin. Fueron años, ¡sí, años! en los que ella no fue para mí más que una compañera o una "cuate" más del clan, al cual fui invitado durante mucho tiempo.


No recuerdo para nada (por estupidez) cuándo fue la primera vez que hablé con ella durante más de 2 minutos. Pero sí recuerdo cuál fue la segunda (No traten de confundirme, estoy seguro de mi cronología), una tarde de flojera en la que todos regresábamos del centro hacia la escuela. Por ese entonces la relación con Gris se había roto, por lo cual me entontraba solo dentro del universo y no sabía bien hacia donde dirigir la mirada (y no solo la mirada sino el pensamiento en general). Entonces, sin más ella comezó a hablar y yo a contestar, como gente educada. En aquella ocasión hablamos de política y de como el neoliberalismo brutal estaba cambiando nuestras vidas, evidentemente yo defendía a mi pueblo y ella deseaba deshacerse de él. Caminamos juntos y sin más, quedamos aislados del grupo por la idea de pasar a comparar un cocktel de frutas en un carrito callejero. Nos hicimos como dos horas en ese trayecto y yo por entonces ni me imaginaba todo lo que ella llegaría a significar en mi vida.


Caminamos un aproximado de 4453679821376 kilómetros y durante esos paseos se dijeron varias moles de palabras, bastante carentes de sentido muchas de ellas, pero se dijeron. Conocí muhcas cosas a su lado, cosas tan lindas y tan simples que simplemente me dejaron sin aliento en su momento, como aquél sitio en donde se ve la curvatura de la tierra o la tierra de diferentes colores. Tendrían ustedes que ir a esos lugares para ver lo que nosotros pudimos. Aún recuerdo lo mucho que me gustaba ir a su pueblo a sabiendas de que la tarde transcurriría llena de paz. Porque si en algo me ayudo ella en la vida fue a salir de un hoyo bien negro y retorcido en el que me había metido. Gracias por haber comenzado a iluminar el camino...

No. Los pueblos fantasmas y todo lo demás lo dejo para mí.

Esta es pues la historia de mi papaya.

Etiquetas:

lunes

Ay si...

Ay si Ay si (Con voz de niña chipil, así como luego se pone a hablarme el tipo dueño de este blog), voy a cambiar la contraseña de mi blog para que no lo veas...
Pues te la p... perdonas porque yo hago lo que quiero con lo que puedo y como soy fregona, lo puedo todo. ¿Cómo ves M E N S O?

Ah verdad =P
Púdrete (Pero lejos de mi, por eso de los olores a axila y esas cosas)



Te quiero
PD. Nótese mi poder, o ¿Lo dudaban?
Ah y cuando quiera puede escribir porquerías como estas o peores, sólo por fregar al tipo que me está observando como menso mientras escribo.
Una disculpa a las numerosas partículas de polvo y a los escasos lectores de este blog.

Ah y si quieres etiquetar algo como "Mi papaya", escribe otra cosa y escríbeselo a tu amiga "La papaya", ahí cuéntales!!!

Etiquetas: ,

miércoles

Curado de Apio

En la foto se observa al papá y a los tíos de Inna a la salida de una pulcata (según su versión)

“Venden miel de unas plantas que llaman en las otras islas maguey, que es muy mejor que arrope, y de esas plantas hacen azúcar y vino, que así mismo venden”. De esta manera informa Hernán Cortés en la prolija, maravillosa y maravillada descripción del mercado central de Temixtitan, como llama él a Tenochtitlán, de la existencia del aguamiel y del pulque. Así se lo cuenta al emperador Carlos V en su Segunda carta de relación, fechada en Segura de la Frontera, el 30 de octubre de 1520.

Por lo visto, al conquistador le gustó más el aguamiel que el “vino de maguey”, y le ahorra cualquier adjetivo elogioso, con los que la crónica no es en absoluto avara. Se entiende. El pulque corresponde a otra cosmogonía, a otra estética. Esta vez gustativa, y que no tiene referente alguno con nada parecido en el que ellos consideraban el Viejo Continente. Lo ha de haber desconcertado. No, pos sí.

Ya he dicho aquí que la auténtica reserva cultural de la mexicanidad, una vez extirpadas las religiones, arrinconadas las lenguas, prescritos los modos vestimentarios, y reducidos a su mínima expresión los nombres originales de la gente, se encuentra atrincherada en la gastronomía. Resiste, y resiste bien. También en la toponimia, reconozcamos. Con dificultades, y en combate no siempre exitoso, con el santoral, religioso y patriótico, pero ahí está.

Y también sostuve que no estoy del todo seguro que la tortilla y el taco, tal como ahora los conocemos, y que constituyen, hoy, elementos emblemáticos y de base de la cocina definitoria de nuestra nación, provengan de la América libre. Sus nombres, hispanizantes, parecen revelar que fueron introducidos por los conquistadores. Y que fueron sincretizados, sin duda. Se parecen demasiado al “pan árabe” y al uso que se le da. No olvidemos que muchos de los invasores procedían de Andalucía y Extremadura, y que acarreaban, después de 800 años de dominación, una acendrada cultura morisca.

El aporte autóctono consistiría, en ese caso, en la substitución del trigo por el maíz, el nixtamal por la harina. Aunque, para contradecirme yo mismo, déjeme decirle que, en la misma carta, Cortés afirma: “Venden mucho maíz en grano y en pan, lo cual hace mucha ventaja, así en el grano como en el sabor, a todo lo de las otras islas y tierra firme”.

O séase, que sí existía el “pan de maíz”. ¿Qué sería? ¿Cómo sería? Yo, más que por las crepas bretonas que vienen a ser las tortillas, me inclino por los huaraches, las gorditas, las tlayudas o los tamales. Aunque los tamales, ay, se parecen mucho a la polenta italiana o a la mamaliga rumana. Vaya usted a saber.

Por otro lado está el chile. Sin albur. Los chiles. Ya platicamos de ellos. Son mexicanos sin duda alguna. Pero también son otras cosas. Con este rollo de la doble, o triple, nacionalidad, las cosas se complican. Los pasaportes se han vuelto una especie de tarjetas de crédito. Tiene uno varios y los va campechaneando. Y si no, platíqueme de los jugadores “naturalizados” en la Selección Mexicana de Futbol. Traen un merequetengue que no se aclaran.

Y el chile tiene como veinte nacionalidades. A las originales, americanas, se le han añadido las árabes y las orientales, que han generado variedades riquísimas, picosísimas, y que lo consideran como propio. Pero nos vale. México es, por su estirpe, por su vigencia, por su lugar en la constelación alimentaria, la patria del chile. El chile es mexicano. Que no nos vengan con mamadas. O sí.

A pesar, y en favor de todo ello, el que queda instalado en el pódium, como el emblema indiscutible del mexicanismo gastronómico, es el pulque. La pulcata. La que no le gustó a Cortés. Ese sí, sin duda alguna, habla de otros tiempos, de otra concepción de la vida y del goce. El que hace hilo, la araña en el piso. Nada que ver, ninguna relación con cualquier otra bebida del mundo entero. Ni entonces ni ahora.

Es él, el caldo de oso, el que nos habla aún hoy, para quien quiera escucharlo, de esa cultura, de esa civilización perdida. Por ello mismo es difícil abordarlo. No es fácil que le guste a uno. En el colmo del genocidio, el pulque ha llegado a ser una bebida exótica, muy exótica, incluso en México. Preferimos una lager o una pilsen. Hasta aquí han llegado las cosas. Para que se dé usted, reflexivo lector, un quemón.

El número de pulquerías en ciudades y pueblos de nuestro país ha disminuido de forma dramática. Es raro, muy raro, pasar enfrente de una. Ya no digamos entrar. En mi infancia era frecuente. Pasar, no entrar. Recuerdo, con desconcierto, las advertencias. “Prohibido el acceso a mujeres, perros y uniformados”. En ese orden. Y, por supuesto, el “Departamento de mujeres”, con ventanilla y sin mesas.

Los legendarios Llanos de Apan ya no están. En fin, los llanos siguen ahí, pero los magueyales ya no. Y el gran patrón, don Ignacio Torres Adalid, se ha de haber gastado toda su fortuna en comprar el nombre de una distinguida calle en la Colonia del Valle, y ya no le quedó para los tlachiqueros.
Tal vez el problema reside en que el pulque ha sido considerado, desde los inicios de la colonia, como la bebida de los “nacos”, de los indios y desposeídos. Y no es de “bon ton” consumirla en otros ambientes. ¿Por qué existen pulquerías y no “whiskeyrías” o “vinerías”? Existen, sí, las “vinaterías”, pero ahí no se bebe vino. La cuestión es más social que gastronómica.

Y, además, el pulque no es una bebida pensada para acompañar la comida. El curado de apio se basta solo. Le falta un grado para ser carne. A diferencia del vino, y un poco en la línea de la cerveza. “El aire habla de placeres que deberían venir”.

Cualquier intento de recuperar nuestras raíces, si es que ello tiene algún sentido, pasa por el pulque. No es sólo un líquido exquisito y tradicional. Es una bebida sagrada.

Texto de Marcelino Perelló

Etiquetas:

lunes

Del olvido al no me acuerdo

No tanto como Forrest Gump, pero puedo decir que yo padezco del mal de la buena memoria. Aún cuando difícilmente pueda reconocer a la persona que venía conmigo en el camión, si podría hacerlo con mis amigos del kinder, los cuales dejé de ver hace más de veinte años. De hecho, una vez, camino a Toluca, me encontré con uno de ellos, el cual no me reconoció, aunque me dieron unas ganas inmensas de comenzar a platicar para rememorar aquellas gloriosas mañanas cuando podíamos llorar para no quedarnos en la escuela. Sin embargo, ni me saludó ni yo a él. Estoy acostumbrado a que la gente se olvide de mí.

Del olvido al no me acuerdo es una película que tuve oportunidad de ver por allá e el tiempo de la preparatoria. En ese entonces era yo, o comenzaba, ferviente admirrador de la breve pero inconmensurable obra de Juan Rulfo, entonces vi el trabajo de su hijo. Me parece ahora que en aquél entonces no estaba yo del todo preparado para ver la película porque la mera verdad es que no entendí nada. Yo sólo veía a los viejos hablar de cosas:

- Pedro, ¿cuándo se te va a quitar?
- ¿Qué dices?
- ¿Cuándo se te va a quitar?
- ¿Qué?
- ¡Lo joto!

Un chiste octagenario que me hizo reir. Pero no entendía que la diferencia del olvido al no me acuerdo es la voluntad.

Créanme ustedes que cuando yo digo no me acuerdo, a veces miento. Como todos. Pero cuando digo la verdad es que en serio no quiero acordarme, en el estricto sentido con el cual esa frase fue hecha. Así, no me acuerdo de mi numero de cédula para hacer mi examen en la facultad, aunque no así de cuando entré a la prepa (03780-D). Me he olvidado de mecanismos de reacción y cadenas de señalización, los cuales en su tiempo manejé con habilidad que, sorpresivamente para mi condición actual, era grande. No me acuerdo es la imposibilidad fisiológica de hilar esas ideas que en sus mejores días corrían como un riel. No me acuerdo del día que murió mi perra Negra, pero las lágrimas en mis ojos son nítidas al acordarme de que era un día con mucho sol y viento, porque ella se murió como vivó. He olvidado el día.

Y no solo eso se ha empañado de olvido. Personas, sentimientos, viejas alegrías que hoy ya no tienen efecto, antiguos vicios. Antiguas formas. Pero la vida quiso que mi cajita de cosas olvidadas fuera muy pequeña, comprimida aún más por esa pesada carga que es la buena memoria (nótese mi fatal error de redacción al mencionar la misma idea en menos de 1 página, por más no sea más que un blog). Aunque también es cierto que las cosas arrumbadas deben quedarse ahí, como aquello de sentirme mejor por tener unos tenis adidas o un pantalón levi's (tremenda pendejada de preparatoriano), es muy cierto que a veces me gustaría volver a caminar rodeado de esas dulces canciones del pasado, para volver a ser niño y jugar a los papalotes. Y sin embargo no quiero porque eso es pasado y el pasado ya no vive conmigo.

El amor es como los imperios. La vida es como una pelota de tres dimensiones en donde nosotros nos movemos como manchas planas y cuando volvemos ni cuenta nos damos. Dice Joaquín Sabina que es cosa solo de poder dormir sin discutir con la almohada, no de olidar, más bien de no recordar. Porque olvidar implica razón y cuando la razón se mete en los sentimientos, entonces estamos fritos.

¿A dónde vas? Preguntarán ustedes acostumbrados a la ciencia y sus respuestas que luego no son convincentes, por más que tengan 10 referencias bibliográficas. Pero de hecho si tiene una finalidad, además de perder el tiempo pensando en cosas que no tienen sentido. Pero es que uno tiene que ser precavido, porque uno nunca sabe quién puede leer los blogs y meternos en un lío. Personajes circunstanciales de las películas, que sin ser protagonistas, como cambian el curso de las cintas.

Etiquetas: , ,